El estado de confusión en el que se encuentra actualmente el Movimiento Comunista Internacional, después de tantos decenios de fracasos, de renuncias, de desgarros internos, favorece, en muchos de estos destacamentos, el afán por obtener resultados tangibles de manera inmediata. A esto acompaña la ligereza de opinión hacia los análisis de quienes advertimos sobre la necesidad de resolver las insuficiencias y lagunas ideológicas como condición previa a la reconquista de amplias capas del proletariado, siendo calificados o acusados de intelectualistas o, al menos, de pecar de un exceso de teoricismo en cuanto a la elaboración de nuestras reflexiones, Es una trampa demasiado extendida, desgraciadamente, en el MCI: la utilización a diestro y siniestro de este tipo de acusaciones ha servido habitualmente para ahogar toda posibilidad de análisis y de reflexión adecuada. Tenemos plena conciencia de que el establecimiento del vínculo entre la expresión teórica y la práctica correspondiente en cada momento es una cuestión cardinal -y sin embargo nada nueva- del MCE para no caer en el intelectualismo.
La mayor parte de los intelectuales forman parte de la burguesía o adoptan la posición de esta clase. Algunos intelectuales han sido incluso los máximos responsables del triunfo de la ideología burguesa, bajo la forma de oportunismo y de revisionismo, en el movimiento proletario. Es pues muy fácil atraer las simpatías de los obreros con demagogia contra los intelectuales en general y por ende contra la actividad que les caracteriza: la teoría, la ciencia, la cultura. Y sin embargo, está claro para todo marxista-leninista que nuestra clase no podrá hacer la revolución comunista más que si su vanguardia cumple con sus tareas intelectuales hasta producir un corpus teórico que sea precisamente de vanguardia, superior a las expresiones de la ideología burguesa que limitan la ambición política del movimiento obrero, y por consiguiente potencialmente capaz de derrotarlas. A partir de aquí, el alcance de esta actividad intelectual necesaria deberá basarse sobre una concepción correcta (materialista dialéctica) de los vínculos entre materia y conciencia, entre conocimiento sensorial y conocimiento racional, entre práctica y teoría. El intelectualismo es, en su versión más conocida, una posición errónea, idealista, que exagera el papel de la teoría y que tiende al racionalismo puro, separado de la realidad material y de la práctica. El intelectualismo es adquirir los conocimientos teóricos, ideológicos, externamente a la lucha de dos líneas que recorre inevitablemente, dialécticamente, todo el proceso material de construcción del Partido y que es la expresión más consciente de la lucha de clases en la sociedad. El intelectualismo es preestablecer teóricamente un procedimiento de acción práctica sin vínculo con la situación real del movimiento proletario -en particular, de su destacamento de vanguardia- y de sus necesidades. Es, por consiguiente, trazar una línea de masas para la organización marxista-leninista sin tener en cuenta el estado real de estas, impidiendo asi la resolución de la contradicción entre sus necesidades objetivas y su disposición subjetiva, lo que obliga forzosamente a adaptar el proceso de construcción del Partido (obligando a la aplicación desordenada de las diferentes etapas) a los vínculos con las masas concebidos dogmáticamente y a terminar por sacrificar al mismo Partido. Como puede constatarse por otra parte, este intelectualismo racionalista […] conduce, pues, al revisionismo, desde el momento en que abstrae el concepto de "masas" de su realidad en apariencia. De hecho, identifica o reduce la realidad a lo que perciben nuestros sentidos, lo que se acerca peligrosamente al agnosticismo o incluso al idealismo subjetivo y nos impide comprender mejor esta realidad para transformarla. Evidentemente, cuando nos reclamamos del marxismo-leninismo, no podemos defender el empirismo más que de manera vergonzante, de contrabando: es esto lo que se hace cuando se afirma que la teoría es muy importante, pero hace falta estar entre las masas, o la clase, en lugar de vincular la teoría necesaria con las masas que pueden resolverla y practicarla. Lo que hacen los que piensan así, es buscar siempre un equilibrio de carácter dual, no dialéctico, para compensar su incapacidad para establecer un nexo correcto entre la ideologia proletaria y las masas como sujetos concernidos. Paradójicamente, llegamos al mismo resultado cuando partimos de su "opuesto", el intelectualismo empirista. Para éste, lo que caracteriza el concepto de "masas" es lo que manifiesta la mayoría (cantidad) y no la esencia de éstas evidenciadas históricamente, su naturaleza profunda como clase revolucionaria (cualidad) que está representada hoy por una pequeña minoría. La actividad de la vanguardia queda así limitada por la débil conciencia de la mayoría de los obreros (conciencia burguesa). Se trata también de una manifestación de intelectualismo, pues es una reacción muy particular de cara a la división social del trabajo: de la incapacidad para superarla, pasamos a la negación absoluta de la búsqueda racional de la esencia de las cosas y de la exaltación de los fenómenos aparentes, todo esto con el objetivo de acercarse a la mentalidad del obrero medio. Es una actitud propia de los intelectuales que tienen el complejo de serlo. Estos intelectuales perjudican terriblemente la causa obrera no sólo porque no aportan a la clase los conocimientos científicos que necesita, sino también por que desvían el instinto materialista que ciertas condiciones de existencia producen en el obrero hacia el idealismo. […] Y la prueba decisiva es que la práctica de este dualismo seguido hasta ahora mayoritariamente por el MCI, en ningún caso, ha hecho resurgir a los partidos comunistas, sino más bien ha acentuado el efecto contrario, haciendo más difícil en la actualidad la distinción entre el revisionismo y el auténtico marxismo-leninismo. Y, no nos cansaremos de repetir que esto sólo puede evitarse estudiando profundamente nuestra ideología científica en cuanto a tal, en relación con la experiencia histórica de su aplicación, y realizando la práctica de la lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia teórica hasta que el resultado de estas tareas nos permita resolver los problemas de la línea política y del programa extendiendo esta vez nuestro radio de acción hacia la vanguardia práctica y las amplias masas. La prioridad actual de las tareas teóricas no cae del cielo y no tiene nada que ver con la obstinación de ciertos intelectuales limitados del PCR del Estado español (cuyo núcleo dirigente no se ha formado en la universidad sino en la lucha en el interior del viejo movimiento comunista). Esta prioridad se desprende directamente de la enorme experiencia práctica acumulada, de su fracaso final, de nuestra incapacidad para relanzar el movimiento revolucionario con las armas teóricas que poseemos como herencia mecánica del Ciclo de Octubre. El balance crítico, la lucha de dos líneas sobre el plano ideo lógico, es la única manera de hacer honor a la gran práctica revolucionaria anterior y de proseguiría a una escala más elevada. Es, en realidad, la única actitud fiel al materialismo dialéctico y práctica desde el punto de vista revolucionario. |