CANTABRIA REPUBLICANA
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La España traicionada. (5 de Marzo de 1939: el golpe de Casado contra la República.)
(Extraído de «Guerra y Revolución en España» Georges Soria)

En el año 321 antes de la Era Cristiana , el general samnita Poncio Herenio, durante su segunda guerra contra los romanos, maniobró de forma que condujo al enemigo hacia un desfiladero montañoso llamado Horcas Caudinas, que enlazaba la Campania con Samnio. La idea estratégica del general samnita era sencillísima. Se basaba en la estructura de aquel desfiladero y en la acertada suposición de que, dado su estrechamiento progresivo, todo ejército que se adentrase por él se encontraría de pronto en la absoluta imposibilidad de volver sobre sus pasos o de avanzar, sin que las tropas adversarias lo destrozasen. Y, por lo tanto, no tendría más remedio que rendirse. Los romanos cayeron en la trampa y capitularon. Capitularon sin trabar combate y pasaron bajo el yugo con dos de sus cónsules.

Desde entonces pasar por las Caudinae Fauces (Horcas Caudinas) ha adquirido un segundo sentido. La expresión significa corrientemente sufrir condiciones humillantes, deshonrosas. Recurrimos aquí a esa figura retórica para poner en evidencia los dos aspectos de la situación en que se colocaron al final de la guerra de España los republicanos españoles que, al apoyar el golpe de Estado del 5 de marzo contra el gobierno Negrín, no vislumbraron que depositando todas sus esperanzas «en una paz honrosa con Franco» iban a verse en la misma situación que los romanos del año 321 antes de Jesucristo, es decir, en un callejón sin salida del que no todos saldrían con vida.

Que Casado fue el alma militar del golpe de Estado del 5 de marzo es una evidencia en la que están de acuerdo todos los historiadores de la guerra de España. Sin embargo, lo que numerosos autores no españoles dejan a menudo en el silencio, o ignoran, es la extraordinaria doblez del personaje. Doblez de la que nada se deja entrever en la mortecina crónica Así cayó Madrid, que escribió en 1939. Salta a la vista lo que el coronel Casado intentó, sin conseguirlo, al publicar ese libro en su exilio londinense. Trató, sin éxito, de desembarazarse de su abrumadora responsabilidad en las consecuencias funestas del golpe de Estado y demostrar que se había esforzado al máximo para obtener de Franco condiciones menos draconianas que las que tuvo que aceptar.

Venganza, asesinatos y odio; la nueva Epaña ya estaba aqui. Los sufrimientos se repetirían en Europa solamente una semanas mas tarde.

Ahora bien, esa imagen de un Casado luchando palmo a palmo con los emisarios de Franco no corresponde en absoluto a la realidad de los hechos, tal como nos los revelan los documentos del Servicio Histórico Militar. Los archivos franquistas rebosan literalmente de radiogramas redactados por los agentes del SIPM que se encontraban en cotidiano contacto con el coronel insurrecto.
Esos informes nos presentan, como veremos más adelante, a un Casado que ofrece a Franco «abrir el frente de Madrid» (del 6 al 9 de marzo), y después le implora que «lance una ofensiva general», la cual, pensaba en aquel preciso momento, no podía hacer más que salvarle del desastre militar que le amenazaba, vistas las proporciones de la batalla que se desarrollaba en Madrid entre adversarios y partidarios del golpe de Estado. Por lo que se refiere a los generales Miaja y Menéndez, su actitud, dictada por el temor a caer prisioneros de los franquistas, consistió en decir amén a cuanto proponía Casado, siempre y cuando ellos pudieran poner la mayor distancia posible entre sus personas y los vencedores.

El caso del general Matallana parece que fue más complejo y más doloroso. Consumido por la enfermedad, completamente caído bajo la férula de Casado, Matallana se había vendido a los franquistas, al entregarles (según los archivos del Servicio Histórico Militar) el plano de los frentes de Madrid, a escala 1/400 000, con vistas a la ofensiva sobre la capital. Ese acto indigno le pesaba enormemente en la conciencia y el hombre oscilaba entre el remordimiento y los instantes de firmeza. A diferencia de Miaja y Casado, decidió al final asumir su culpa dejándose capturar por los franquistas y no tardó en quedar convertido en un lastimoso pingajo humano.

El anarcosindicalista Mera, por su parte, logró huir de España, no sin haber pasado antes por la cárcel.

Poco hay que añadir al comportamiento de un Besteiro, del que ya hemos dejado constancia, salvo que fue el alma política de la conjura del 5 de marzo, en la que vio la oportunidad inesperada de triunfar al mismo tiempo sobre el doctor Negrín y sobre el principio del Frente Popular, así como de poner fin, sin la menor precaución, a toda resistencia, aunque incluso estuviera destinada a atenuar las condiciones de la rendición. El líder derechista del PSOE —lo hemos visto a lo largo de los anteriores volúmenes— había empezado muy pronto a conspirar contra la República en guerra por la defensa de sus derechos internacionales.

En mayo de 1937, sin dignarse informar al presidente del Consejo, Largo Caballero, de la misión ultrasecreta que Manuel Azaña le había encomendado cerca del Foreign Office (véase el volumen cuarto), Besteiro aprovechó los festejos de la coronación del rey de Inglaterra Jorge VI para explorar en el ámbito de la diplomacia británica el principio de una mediación del Foreign Office. Aunque fracasó en la misión, no por eso abandonó sus intenciones. En agosto de 1938, se entregó a la labor de derrocar el gabinete del doctor Negrín, con la idea —que no disimuló— de iniciar negociaciones con Franco. Pero tampoco entonces alcanzó su objetivo.

La caída de Cataluña, con sus consecuencias sobre la correlación de fuerzas, le brindó la ocasión con la que tanto tiempo llevaba soñando. Desde el verano de 1938 mantenía contactos frecuentes con el cónsul inglés en Madrid, al que significó que la mediación de Gran Bretaña se imponía más que nunca. El anciano dirigente socialista había recibido en su domicilio, el 2 de febrero de 1939 —o sea, una semana antes de la llegada de las vanguardias franquistas a la frontera pirenaica—, al coronel Casado, quien le informó —como el propio militar señala en su libro antes citado— de los proyectos que alimentaba: destitución del gobierno Negrín y formación de una junta, cuya presidencia, en definitiva, ofreció al político. Besteiro la rechazó, aceptando sólo las funciones de ministro de Asuntos Exteriores. Pero proporcionó a Casado la garantía política que éste buscaba. Lo que no era poco, teniendo en cuenta el innegable prestigio de que gozaba Besteiro en determinados medios socialistas y liberales de la capital, que esperaban, contra toda previsión, que la guerra pudiera acabar « honrosamente ».

Julián Besteiro aborrecía, ya lo hemos dicho, a su camarada de partido, el doctor Juan Negrín. En el mes de agosto de 1938, con motivo de su comparecencia en Barcelona ante la Comisión Ejecutiva del PSOE, acusó en términos violentos al jefe del Gobierno. Y a continuación, no sin cierta fanfarronería, fue en su busca y le dijo: « Quiero que sepa, antes de que llegue a sus oídos por otro conducto, lo que acabo de declarar ante la Comisión Ejecutiva del partido: le tengo a usted por un agente de los comunistas

De hecho, Besteiro era el epicentro, en el seno del PSOE, de toda una corriente que no se resignaba a reconocer ni a aceptar las diversas aportaciones del PCE a la resistencia y que veía en este partido al principal adversario de la apertura de negociaciones con Franco. A ese respecto, el líder socialista padecía lo que los psiquiatras denominan en su jerga moderna una «fijación». «Fijación» que, asociada a su negativa a abandonar Madrid, le llevaría a comparecer, el 8 de julio de 1939, ante un consejo de guerra franquista que le condenó a cadena perpetua, conmutada por treinta años de prisión... lo que equivalía a una sentencia de muerte, dado el estado de salud y la avanzada edad de Besteiro.

Bastante tiempo después de su muerte, en la cárcel de Carmona —ocurrida en julio de 1940, como consecuencia de una septicemia no cuidada—, se supo que Besteiro había anotado en un memorándum diversos testimonios de su pensamiento político, algunos de los cuales, reproducidos en 1963 (1 de abril) en el ABC de Madrid, y también en el libro del coronel Martínez Bande «Los cien últimos días de la República », resumen su estado de ánimo en las postreras jornadas de la Segunda República. Interrogándose acerca de las causas de la degradación política y militar del bando republicano, Julián Besteiro asentó sobre el papel estas reflexiones delirantes, verdaderamente asombrosas en la pluma de un líder político hostil al fascismo:

« La verdad real: estamos derrotados por nuestras propias culpas [...]. Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizá los siglos [...]. La reacción contra ese error de la República de dejarse arrastrar a la línea bolchevique la representan genuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas, que se han batido en la gran cruzada Anti-Komintern.»

A partir del momento en que Besteiro pudo, a sangre fría, identificar la acción militar y civil del franquismo con la rectificación « del error cometido por la República » al « dejarse arrastrar a la línea bolchevique », toda su conducta a lo largo de la guerra adoptó un relieve singular. De hecho, el dirigente socialista había creado para su propio uso un nuevo sistema de valores en el que los franquistas constituían un mal inferior al que representaba el Frente Popular bajo cuyo signo poderosos partidos republicanos, como la Izquierda Republicana , la Unión Republicana , el PSOE (su propio partido) se enfrentaron, aliados con los comunistas, durante más de dos años, al levantamiento militar, la intervención fascista italo-alemana, la No Intervención y todo su cortejo de duelo y sufrimiento.

En nombre de ese postulado, Besteiro había tratado de pactar con Franco, a quien erigía en «rectificador» de... la aberración republicana. Para un hombre que había luchado toda su vida por la República , por un régimen de tipo socialista (reformista), aquello representaba un cambio radical de actitud, producto de una «pulsión» cuyo núcleo era un anticomunismo visceral.

En cuanto a los otros miembros del Consejo Nacional de Defensa formado en Madrid la noche del 4 al 5 de marzo, distaban mucho de compartir tales puntos de vista, aunque ni el doctor Negrín y sus ministros, ni el PCE fueran santos de su devoción. Ni por asomo identificaban la Cruzada franquista con la «rectificación de los errores de la República ». Casi todos consideraban la guerra perdida irremediablemente. Al avalar a Casado y Besteiro, cumplían stricto sensu un acto de fe: concertar con Franco una «paz honrosa».

En nombre de la CNT-FAI y en su calidad de teniente coronel del Cuerpo de Ejército de la región del Centro (en realidad, de los frentes de Madrid), Cipriano Mera había tenido la precaución, como hemos visto, de decir por el micrófono de Unión Radio Madrid, la noche del golpe de Estado: «[.. .] Sí, por desgracia para todos, nuestra paz se pierde en el vacío de la incomprensión, también os digo serenamente que somos soldados y como tales estamos en nuestro puesto hasta sucumbir defendiendo la independencia de España...»

La «desgracia» fue que aquella paz honrosa deseada por Cipriano Mera no se perdió en «la incomprensión» del Caudillo, sino que tropezó con la implacable voluntad de éste de poner a los republicanos de rodillas, de humillarlos antes de exterminarlos, de encarcelarlos a centenares de miles.

Lo que representaba una buena diferencia.

Una diferencia que sólo percibieron el doctor Negrín, la mayoría de sus ministros y el PCE. Por lo que se refiere a la opinión pública de la zona Centro-Sur, parece que, agotada por dos años y medio de guerra, permeable a la propaganda franquista que repetía insistentemente el reclamo de «la resistencia sin esperanza», angustiada por las dificultades que encontraba el bando republicano para procurarse nuevas armas en cantidad suficiente para contrarrestar sobre todo la superioridad aérea del enemigo, creyó aquí y allá en la posibilidad de un modus vivendi con el Caudillo, a raíz de la formación de la Junta.

En cuanto a los combatientes del Ejército del Centro, acantonados en los diversos frentes de Madrid, fueron numerosos los que, a partir del 5 de marzo de 1939, se lanzaron a la lucha para hacer fracasar el golpe de Estado.

De los cuatro cuerpos de ejército que se encontraban en la zona del Centro, tres estaban mandados por oficiales superiores comunistas y uno por un anarcosindicalista. Se trataba, especifiquémoslo, de una distribución de carácter excepcional, debida al papel desempeñado por los comunistas durante la batalla de Madrid, y que no tenía equivalente en los ejércitos de Extremadura, Andalucía y Levante, donde predominaban los oficiales generales de profesión.

Los cuatro cuerpos de ejército del Ejército del Centro los mandaban, respectivamente, el coronel Barceló (Primer Cuerpo), el coronel Bueno (Segundo Cuerpo), el coronel Ortega (Tercer Cuerpo) y el teniente coronel Mera (Cuarto Cuerpo). Los jefes de los tres primeros cuerpos de ejército, todos ellos a fin de cuentas oficiales de carrera, reaccionaron enérgicamente cuando el coronel Casado les pidió que se uniesen al golpe de Estado. El cuarto, Cipriano Mera, anarcosindicalista, ascendido desde simple miliciano hasta la oficialidad, que actuaba de acuerdo con la dirección de la CNT-FAI de la zona Centro-Sur (la cual iba contra corriente respecto a la dirección nacional, radicada en Francia tras la caída de Cataluña), se adhirió enseguida al golpe de Estado. Y condujo hacia la capital, cruzando impunemente el puente de Arganda, una parte de sus fuerzas, que cubrían el nordeste del frente, hasta Guadalajara.

A las fuerzas retiradas así de aquel sector del frente, es decir, la Octava División , más la 300 y una formación acorazada —sin las cuales el coronel Casado nunca hubiera podido llevar a cabo su empresa—, se sumaron fuerzas procedentes de la Guardia de Asalto, adiestradas en la lucha urbana. Y, posteriormente, el XVII Cuerpo de reserva.

Al producirse los primeros choques armados entre adversarios y partidarios del putsch, la correlación de fuerzas, desde el punto de vista militar, estaba cuantitativamente a favor de los adversarios del golpe de Estado, que proclamaron su fidelidad al gobierno legal de la República. Los jefes militares de los Cuerpos de Ejército Primero, Segundo y Tercero, sorprendidos por el putsch, no dispusieron de tiempo para ponerse de acuerdo y actuaron cada uno por su lado, frente a un Casado y a un Mera que, dispuestos a todo, se mantuvieron constantemente en contacto. A ese cuadro, se añadirá que el discurso de fidelidad al Consejo Nacional de Defensa, pronunciado el 6 de marzo a través de Unión Radio Madrid por el general Miaja, adicto a los objetivos de los jefes insurrectos Casado-Besteiro, no hizo más que aumentar la confusión.

Manifestó, entre otras cosas:

«[...] Hemos interpretado fielmente los deseos del pueblo español [...]. Se pudo hacer antes [dar el golpe de Estado], desde luego, pero la pasión de determinado partido político impedía hacer esto sin derramamiento de sangre [...]. No hemos traicionado a nadie [...]. Sólo hemos cogido un poder que estaba muerto para darle vida [...]. Llevaremos la tranquilidad a los hogares españoles, con la paz [...]. Queremos que con la mayor rapidez posible se concierte esta paz...» Y, contrariamente a su costumbre, en vez de concluir con un sonoro « Españoles: ¡Viva la República !», lanzó una fórmula que decía bien a las claras el giro que acababa de dar: « Españoles: ¡Viva España!»

Bajo su aspecto bonachón, que inducía a los caricaturistas a representarle con los rasgos del Sancho Panza cervantino, el viejo general, a quien la propaganda republicana había convertido en el «héroe» (y el padre) de la defensa de Madrid en 1936, ocultaba una gran picardía y cierta astucia.

Su incorporación al golpe de Estado no podía dejar de influir sobre los oficiales superiores y jefes de carrera, hasta entonces leales al gobierno, a los que soltaba una especie de: «¡No va más!» Sin exagerar su papel en aquella coyuntura, no cabe duda de que su toma de postura tuvo cierto peso en la decisión de numerosos militares profesionales de unirse al Consejo de Defensa, con la esperanza de que una «negociación entre oficiales profesionales» les permitiese continuar en el Ejército español, si se llegaba a un acuerdo entre «hombres de honor» para poner fin a la guerra.

La lucha armada entre adversarios y partidarios del golpe de Estado, que se desarrolló en las proximidades y en el interior de Madrid, del 6 al 12 de marzo, tuvo diversos altibajos. Las jornadas de combate, en cuyo detalle no entraremos aquí, revistieron, tanto por una parte como por la otra, gran dureza y carácter de breve guerra civil dentro de la guerra civil. Si se contempla de cerca, se comprueba que esta guerra civil en segundo grado se tradujo, vista la distribución final de los efectivos participantes, por un enfrentamiento de los comunistas, socialistas y republicanos de izquierda, fieles al gobierno legal, de un lado, y del otro, los anarcosindicalistas del IV Cuerpo, más las fuerzas de seguridad agrupadas en torno a los Guardias de Asalto, adheridos al golpe de Estado, y la intervención directa del XVII Cuerpo, es decir, de la fuerza de reserva de la región Centro-Sur.

Faltó muy poco para que los defensores de la continuidad y la legitimidad republicanas salieran vencedores de ese enfrentamiento.

El día 6 eran dueños del centro de Madrid (desde la célebre plaza de la Cibeles hasta el de Colón) y sitiaron la Posición Jaca , aquel palacio romántico donde se encontraba el Cuartel General del Ejército del Centro, que mandaba el coronel Casado. Los insurgentes se hallaban en una situación crítica. Sobre ese particular, el coronel Casado escribió en sus memorias que tal inversión de las cosas, que no había previsto, «puso en gran riesgo al Consejo Nacional de Defensa».

La mañana del día 7, el general Matallana asumió el mando de todas las fuerzas militares de la Junta. Comentario de Casado, extraído de su relato: « La situación era gravísima. Se dio orden al jefe de la base aérea de Albacete, coronel Camacho para que bombardeara el local del Partido Comunista. A las ocho de la mañana se realizó el bombardeo que originó sensibles bajas...»

Aquel mismo día, la Posición Jaca , situada al nordeste de la ciudad, cayó en manos de los partidarios del gobierno Negrín, al este, pero dentro mismo de la urbe, se ocuparon los jardines del Retiro, así como las plazas de Manuel Becerra y de la Independencia. El avance de los que se oponían al golpe de Estado llegó hasta el Teatro Real, frente al Palacio de Oriente, sito en la parte oeste de la ciudad.

A la mañana siguiente (es decir, del día 8), « la situación era verdaderamente grave», según el coronel Casado. Y fue entonces cuando tomó la decisión —que transmitió a Matallana para que la llevase a la práctica— de recurrir al XVII Cuerpo de Ejército, que era, ni más ni menos —ya lo hemos visto—, el cuerpo de reserva del grupo de ejércitos de la zona Centro-Sur,o sea, por definición, una fuerza intocable.

El 9 de marzo, gracias a diversos desplazamientos de fuerzas, Casado logró ocupar Alcalá de Henares, población situada a 30 kilómetros de Madrid.

Pero en la noche del 9 al 10, tropas del 1 Cuerpo de Ejército mandado por el coronel Barceló se dirigieron a la capital. Una batalla de varias horas enfrentó a la artillería y los carros de combate de uno y otro bando, y las víctimas de aquel encuentro mortífero fueron numerosas por ambas partes. El 10 de marzo, Casado decidió reconquistar el terreno perdido y recurrió a la aviación que quedaba en su poder. Bombardeos, ametrallamientos, nutridas descargas artilleras, nada se le escatimó a las fuerzas leales al gobierno.

El 11 se inició el giro de la batalla, con la entrada en línea del XVII Cuerpo de reserva, que se dividió en cinco columnas, cada una de ellas con un eje de ataque preciso.

El 12, las fuerzas de Casado-Matallana, que habían perdido el pueblo de Fuencarral, emplearon grandes medios. De acuerdo con las memorias de Casado, se lanzó un contraataque muy violento, apoyado por la preparación artillera, y « el enemigo se desmoralizó » (sic). « Unos huyeron hacia la Sierra [...] y otros huidos se refugiaron en los Nuevos Ministerios », donde, siempre según Casado, con cinco baterías de tiro directo, « les obligamos a rendirse, enloquecidos »